A Merche Grau, desde el banco de los aburridos

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Mercedes Grau, Merche para tantos amigos que tuvo, nos ha dejado en este caluroso mes de julio. La recuerdo aquí, sentado con la imaginación, en el banco de los aburridos.

No sé si es de piedra, de cemento o de mortero. Yo lo veo pétreo y muy gris, cenizo. Su situación es bien conocida: frente a la plaza de San José, de espaldas a la nueva fachada del Teatro Municipal de Alcañiz, la que se abrió durante la última reforma practicada entre 1992 y 1998. Antes era asiento al aire libre, como son todos los bancos para aburridos del mundo. Ahora, en cambio, el de Alcañiz es un apeadero porticado, a cobijo del templete que tiene el atrio civil y cultural del teatro.

Merche, que de mujer aburrida no tenía nada, se puso del lado de quienes rechazaron la demolición del banco de los aburridos con ocasión de la última reforma interior y exterior del teatro. Este mueble urbano del Alcañiz del siglo XX fue construido por el Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones/SNRDR, que Franco puso en marcha tras la guerra civil. Formaba parte de un emplazamiento muy propio del nacional catolicismo de la época en el que, frente al banco, había una hornacina con la imagen de San José, incrustada en la fachada de la desaparecida casa Roch. El esposo de la Virgen Santísima daba  y da todavía hoy nombre a la plaza donde se encuentra el Teatro Municipal.

Los adolescentes alcañizanos y alcañizanas de la generación de Merche Grau comenzaron a pelar la pava sobre el banco de los aburridos. Ellos lo habían visto allí siempre  y bien podían pensar que era tan antiguo como el mismo edificio del teatro, inaugurado en 1890, algunos años después del Mercado de Abastos, junto con el cual ocupa una manzana urbana entera. Los ‘chiquers’ y ‘chiquetas’ de los años 60 del siglo pasado hacían muchos días el recorrido de un ‘tontódromo’ o vuelta al cero que comenzaba en la Plaza de España, seguía por la calle de Alejandre para virar, en la Plaza de Mendizábal,  hacia la calle Blasco que recorrían hasta desembocar en la plaza de San José donde hacían quedadas en el banco de los aburridos, antes de proseguir, por la cuesta del Teatro, hacia la plaza y cerrar allí el círculo en el mismo punto en que se había comenzado.

Una vida en el IES Bajo Aragón

Merche Grau fue muchos años profesora de Música en el Instituto de Enseñanza Secundaria/IES Bajo Aragón. Pero Merche, además de enseñante y educadora de vocación, fue una auténtica animadora socio-cultural, siempre en contacto con la juventud alcañizana. Su propósito fue precisamente conseguir que sus alumnos, que los jóvenes de aquel Alcañiz que conoció la llegada de la democracia, no se aburrieran jamás sino que se contagiaran del espíritu inquieto y dinámico de su profesora. Aún recuerdo, al poco de hacerme cargo del periódico La COMARCA, las ‘movidas’ que Merche montaba en el polideportivo con aquellos desfiles de modelos de adolescentes alcañizanas. Sus pasarelas llenaban el recinto de padres, madres, abuelos y abuelas de las modelos así como de sus condiscípulos en el Instituto que las miraban embobados desde las gradas. Para la financiación, Merche movilizaba al comercio alcañizano que hacía publicidad de sus negocios en aquellos desfiles del Instituto. Desde el primer momento, concedí gran valor informativo a aquellas iniciativas de la profesora del Instituto que secundaban con agrado otras de sus colegas de la época.

A partir de entonces, comenzó mi amistad con Merche Grau, perdurable hasta el final. Muchas veces pasaba por el IES porque el centro de enseñanza más importante del Bajo Aragón era, sin duda alguna, una importante fuente de información. Y siempre pude comprobar el papel tan importante que allí representaba Merche, tanto entre sus comprofesores como entre los alumnos y los padres de estos.  En el cincuenta aniversario del Instituto, cuya primera directora fue Sara Mainar, Merche pidió mi colaboración desde la distancia en los actos que se organizaron porque yo había regresado al País Vasco. Y recuerdo la visita de alumnos del IES al Parlamento de Vitoria, invitados por su presidente Juan María Atucha, que había participado en los actos del cincuentenario. Todavía guardo un bloc de notas para escritorio que Merche me regaló con una placa conmemorativa del medio siglo del centro.

Más recientemente, viví bastante de cerca la aventura política de Merche Grau. Encabezó la candidatura de Chunta Aragonesista/CHA al ayuntamiento de Alcañiz. Entró ella en el consistorio y, por nueve votos, no logró que se convirtiera en concejal el segundo de su lista. Nunca antes este partido había tenido representantes en el Ayuntamiento de Alcañiz y nunca después ha vuelto a tenerlo. En este compromiso, el más público de su vida, Merche sufrió en carne propia las miserias de la política. En todo caso, ella siempre fue una activista en la defensa de sus ideas. En el año 2004, se dejó ver metida, con la pegatina al pecho  del “No a la guerra”, en las movilizaciones que hubo contra la intervención de las tropas españolas en Iraq. Y si la memoria no me falla, también recuerdo haber estado con Merche en el empalme de la carretera 232 con la de Ráfales para exigir la reanudación de las obras de esta vía nacional hasta el límite con la provincia de Castellón, que precisamente han concluido en este año de 2019, después de 25 años de continuas interrupciones.

Carlos Moreno, el marido de Merche, es un excelente fotógrafo y guardo excelentes instantáneas sobre rincones del Bajo Aragón con las que muchos años los dos me felicitaban por Navidad. Con Carlos, Merche y otros amigos recuerdo haber trasnochado sentados, no en el banco de los aburridos, sino ante los veladores del mismo París desde el que Enrique Trullenque escribiera sus pequeñas ‘crónicas’ para la última de La COMARCA. Y las reuniones en las trastienda de Martina con toda una cuadrilla de mujeres alcañizanas de la generación de Merche Grau.

Recuerdos y más recuerdos, porque no puedo parar de recordar. Cuando Carlos y Merche me comunicaron el auténtico nacimiento de Pablo, el rubio alcañizano de quien tan orgulloso estaba su madre. O cuando al mediodía del día en que fui pregonero de las fiestas de Alcañiz, hace dos años, Merche y una hermana suya con un montón de amigas me sentaron en una terraza de la plaza P.B. para quitarme  de encima los nervios que me invadían todo el cuerpo. ¡Y aquel día en que subieron Carlos y Merche a Bellmunt y ella se quedaba boquiabierta ante la Virgen de la Cama!

Merche Grau, profesora, animadora cultural, ha dejado un hueco muy lleno de insuperables ejemplos y recuerdos, los de una mujer alcañizana, muy alcañizana, y bajoaragonesa a carta cabal. Desde las páginas de CyC me sumo a las propuestas de rendir a Merche el homenaje, póstumo y público, que se merece.

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