Ernesto Che Guevara. Entre el mito y la muerte

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El 9 de octubre se cumplen 52 años de la ejecución de Ernesto Guevara a manos del Ejército boliviano y la CIA. Su muerte inició el mito de un guerrillero de mirada limpia e ideales de hierro que mantuvo en vilo al imperialismo en vida y le proporcionó su peor pesadilla una vez asesinado convirtiéndolo en una leyenda imposible de borrar.

No llegó a cumplir cuarenta años en vida, aunque lleva bastantes más después de la muerte. Bastaron treinta y nueve años para forjar una leyenda, para erizar conciencias políticas por todo el mundo y entrar en el firmamento popular del mito y de la historia. Ernesto Guevara, el Che, llegó a la historia para quedarse en ella como símbolo de una época y una forma de lucha, para permanecer como un misterio en sí mismo que hoy en día todavía agita imaginarios, aunque no ya conciencias. Efectivamente, los tiempos de las guerrillas, rurales o urbanas, quedaron atrás con la época que les dio vida y que hizo posible la excepcional vida de Ernesto Che Guevara: la reorganización del capitalismo monopolista durante la descolonización acaecida durante la Guerra Fría.

Pero el Che Guevara es mucho más que un síntoma de una época o de una fase de un modo de producción. En cierto modo sigue siendo una figura inaprensible para nuestro imaginario posmoderno, incapaz de comprender completamente las acciones y elecciones de una figura como la suya. O bien se le venera como a un héroe romántico, despojado en cierto modo de sus ideas más duras, o bien se le reduce, ironías de la historia, a un objeto de consumo, cuya fotografía sirve para vender bolsos, camisetas o sudaderas con su imagen y la de John Lennon a su lado. El Che Guevara no fue ningún cantante pop ni un icono de la moda masculina. No fue un predicador de la paz y la democracia. Fue un revolucionario de la década de 1960 que ni luchó por la democracia ni renunció a una violencia que él consideraba justificada para alcanzar la única alternativa posible para la periferia del sistema capitalista: el socialismo. O socialismo o muerte. No había alternativa.

El hombre convertido en mito

Sin embargo, de sobra conocida es la capacidad del capitalismo para absorber los desafíos y hacer rodar los golpes, devolviéndolos como objetos de consumo o estilos de vida. Sucedió con 1968. Y, pasado el tiempo de la Guerra Fría, ha sucedido con la figura de Ernesto Guevara. En las novelas, como en la vida, hay un punto en la trama a partir del cual el héroe puede convertirse en un antihéroe de existencia gris y decadente, casi un villano. Toda tragedia puede acabar convertida en comedia lastimosa, una sátira incluso, de lo que fue en origen una épica lucha contra las fuerzas mayores de unos enemigos casi invencibles. De no haber muerto cuando la tragedia lo requería, el destino de Aquiles podría haber sido acabar como el dictador envilecido y centenario de El otoño del patriarca. Guevara no corrió esa suerte. A menudo tiende a compararse con la historia posterior de Fidel, pero ese espejo deformante simplifica demasiado las cosas, tanto como lo hace la narración romántica de una vida que fue mucho más que la de un héroe o un revolucionario de acero. Sin embargo, lo que no lograron hacerle en vida se lo hicieron en la muerte. Pero no exageremos, pues no lo han logrado del todo: su figura aun es escandalosa, su tenacidad y ejemplo aun sacuden los cimientos de la muerte.

De Ernesto Guevara sorprende la virtud de no cejar nunca en su empeño, el valor casi temerario con el que vivió el compromiso con la revolución internacional. Vivió para ello y murió por ello, asesinado el 9 de octubre de 1967 por miembros de la CIA y del Ejército boliviano. Vivió deprisa, como todos los héroes, y murió como reza el canon narrativo de su vida. Fue derrotado, pero no tuvo ningún tipo de trato con lo que William Morris llamó el reino de la Bestia. Ningún héroe que se precie podía tenerlo.

Pero la verdad es que Ernesto Guevara no fue ni un héroe ni un villano. Fue un sujeto excepcional dentro de un contexto que lo hizo posible. Hijo de una familia de clase alta argentina de Rosario, la posición desahogada de su familia, le permitió cultivar su imaginario político internacionalista a partir del caldo de cultivo previo de una cultura liberal cosmopolita. Este cosmopolitismo y el posterior alejamiento de su familia (una forma de desclasamiento) explican, quizá, su compromiso con el latinoamericanismo en un primer momento, y la revolución internacional contra el sistema-mundo, en un segundo momento.

El proceso de politización del Che

La conciencia política de Guevara se fue desarrollando a partir de sus célebres viajes, primero por el norte argentino y después por el continente latinoamericano, su vivencia en la Argentina anti-imperialista del general Perón (1946-1955), derrocado por un golpe militar cruento, la experiencia decisiva del golpe de Estado de Guatemala organizado y dirigido por la CIA, que derribó al nacionalista Jacobo Arbenz (1954) y, obviamente, la Revolución cubana, de la que él fue partícipe tan señalado. Toda experiencia anti-imperialista, ya en Argentina, ya en Guatemala, buscaba una alternativa al subdesarrollo al que la región estaba abocado. Esta implicaba, en primer lugar, una reforma agraria, y en segundo lugar, una industrialización por sustitución de importaciones, medidas ambas que el propio Guevara trató de llevar a la práctica durante el periodo en el que estuvo al frente de la economía cubana (1959-1965). Estas medidas, obviamente, chocaban con los intereses de la burguesía imperialista local y de Estados Unidos. La respuesta de esta parte fue siempre violenta. La acción, necesariamente, pasaba por la violencia revolucionaria y la alianza con la principal de las potencias revolucionarias del mundo: la Unión Soviética.

La relación con la URSS

La pasión del Che por la URSS, que duró hasta la retirada de los misiles que la potencia soviética había instalado en Cuba después de 1961, se debió, fundamentalmente, a la Guerra Fría. Solo la URSS, Estado socialista por excelencia, apoyaba las revoluciones en el Tercer Mundo. Mirar hacia la Unión Soviética era tanto una necesidad como una virtud para cualquier miembro de la revolución internacional, al menos hasta que apareció China en el horizonte. Porque ese fue el objetivo de Ernesto Guevara desde que comenzó su periplo por la Sierra Maestra. La revolución, de ser llamada tal, o era internacional o no era nada. Mientras quedasen regiones enteras del mundo gobernadas por la acumulación capitalista, la revolución no estaría segura ni completa. El capitalismo era un sistema mundial y la revolución, por tanto, también debía serlo. La solidaridad de la URSS hacia estas revoluciones locales era expresión de la solidaridad hacia la revolución internacional. Sin embargo, para entonces la URSS consideraba la revolución mundial como un departamento de su ministerio de exteriores: lo primero era la seguridad e interés del Estado soviético. La segunda gran decepción de Ernesto Guevara con la URSS vino de este hecho, y fue definitiva.

El Che un hombre de acción

Ernesto Guevara no fue un hombre capaz de lidiar con las contradicciones y ambivalencias de la vida. Los grises le atormentaban y siempre optó por huir hacia adelante. Sus viajes de juventud y las personas que dejó atrás en Rosario solo fueron la sombra de lo que haría después. Luchó en la Sierra Maestra y triunfó su audacia. El 1 de enero de 1959 se logró lo impensable: cayó la dictadura de Batista y se instauró, por fuerza de la Guerra Fría, un régimen socialista a 150 kilómetros de Florida.

Después de la toma del poder en Cuba, Ernesto Guevara se hizo cargo del Banco Central en un primer momento, y del Ministerio de Industria, después. Las ideas económicas que tenía en la cabeza eran las propias del revolucionario que veía que la URSS caminaba con la mirada puesta en el horizonte. El modelo soviético de desarrollo es el que pretendió implantar en Cuba, una isla del Caribe poco propicia para aceptar ese tipo de futuro construido con toneladas de acero y poca mantequilla. Guevara quiso industrializar Cuba y sacarla del subdesarrollo y la monodependencia del azúcar. Tras unas campañas basadas en la intensidad del esfuerzo, el caos y los balances negativos se apoderaron de la acción de su ministerio. La voluntad y las ideas claras no bastaban, lo que para un hombre de acción, comprometido con la revolución internacional, era difícilmente soportable. Fidel, insuperable en su olfato político y mirada táctica, anticipó lo que ocurriría y cerró la vía guevarista, sellando el futuro de la isla a la ayuda soviética. Cuba se instaló en la dependencia de la URSS, que pasó a comprarle el azúcar a un precio más alto del que dictaba el mercado. El periodo especial de la década de 1990 aguardaba en la oscuridad del horizonte.

Por entonces, Ernesto Guevara se vio en la situación en la que ningún héroe, si aceptamos llamarlo así en este momento, ha querido verse nunca: sufriendo la derrota en los despachos y oyendo el fracaso al otro lado de la puerta. Guevara no era cubano; argentino apenas. El eslogan Patria o muerte para él significaba Socialismo o muerte. Habiendo tenido el pasaporte de los dos países, el Che solo pudo hacerse un miembro de la revolución internacional al precio de desenraizarse de su entorno e historia más familiar e inmediata. Y viceversa. Su lugar estaba en ninguna parte y en todas, es decir, en esa entelequia, y realidad, no obstante, de la revolución internacional. Honesto a carta cabal, se vio atrapado entre el subdesarrollo tropical del Caribe y el modelo soviético de acumulación y desarrollo, entre su admiración hacia la URSS y la realidad implacable que la misma URSS imponía a Cuba, entre su pasión por la vida y un matrimonio que se hundía, entre su sentido cristalino de la amistad y el distanciamiento inevitable que la historia abrió entre Fidel y Ernesto, camaradas en el Granma, colegas tirantes en las oficinas del desarrollo socialista. El lugar del Che estaba en todos lados y en ninguna parte. No pudiendo soportar por más tiempo esta situación, Ernesto Guevara escribió una emocionante carta de despedida, no solo de Cuba, sino de la vida misma. Corría el año 1965. Tenía 37 años y lo había hecho casi todo en la vida.

La revolución internacional. Primer asalto: el Congo

Marchó al Congo, en apoyo del socialismo africano y desesperado de la actuación soviética. Nada salió como debía. Fidel nunca lo vio claro, aunque no lo abandonó a su suerte. A diferencia de lo que se ha escrito, en realidad Fidel nunca lo empujó a ningún lado, pero tampoco lo retuvo. Nadie podía hacerlo. Regresó derrotado al continente. Su célebre teoría del foco, el foquismo, se probó errónea. Lo que había dado la victoria en Cuba no tenía por qué darla en otras partes del mundo. Ernesto Guevara fue víctima de su cultura política: imaginó un Tercer Mundo revolucionario, a punto de estallar en mil Vietnams por el simple hecho de estar en proceso de descolonización. Le traicionó su sentido de la otredad, ese tercermundismo fatal que ha cautivado y atrapado a la cultura revolucionaria de corte occidental. Cuando el mundo de uno se ve engrilletado en la zona gris de la mediocridad política, es lógico ver en la otredad de otros mundos lo que falta en el propio. Ernesto Guevara consideró que el Tercer Mundo estaba maduro para la revolución. Rechazó el realismo plomizo de los asesores soviéticos, y cometió contra la arrogancia y las excusas soviéticas su peculiar revolución contra El Capital: las condiciones históricas podían acelerarse si la voluntad era fuerte y propicia.

Afirmó que las condiciones para una revolución en el Tercer Mundo estaban dadas, toda vez que la guerra de Vietnam había galvanizado el terreno. Vio en esa guerra y en la geopolítica del momento un proceso de neocolonialismo que las grandes potencias se habían visto forzadas a llevar a cabo para sobrevivir como tales. Si se interrumpía ese proceso, si estallaba la cadena por el eslabón más débil, reflexionó Guevara a partir de Lenin, la revolución estaba al otro lado de la línea del horizonte o de la selva. Solo se necesitaba una chispa, y esa chispa era el foco guerrillero. Las condiciones, dadas, se verían aceleradas por el foco. Se equivocó, y el precio de este error fue su vida.

Su segundo y último intento: Bolivia

Contra todo criterio realista, incluido el de Fidel, el comandante Guevara armó un foco en Bolivia. Fue otra derrota. El ejército boliviano y la CIA persiguieron sin descanso al Che y su grupo guerrillero. Acosado y herido, fue capturado en harapos, muy lejos de la imagen histórica y atractiva de sus discursos en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Era un hombre derrotado. La CIA, que nunca ha perdido una ocasión de anotarse una estrella en su muro de la infamia, no esperó ningún juicio. Quien a hierro mata, a hierro muere, dice el refrán que manejaba la CIA entonces y ahora. Esperar un juicio o algo mejor de lo que hicieron con él y sus restos es propio de quien no se ha asomado nunca a la sala de máquinas de la geopolítica. Ernesto Guevara teorizó durante sus años en Cuba la creación del Hombre nuevo, de un ser humano surgido a partir de la justicia hecha sociedad en vida. Ese era su objetivo supremo, un ser humano que no tuviese la oportunidad de no ser amable. Pero, como afirmó Bertolt Brecht, él no pudo serlo. Sin más horizonte que el cañón del fusil de su verdugo, el Che se dispuso a desaparecer como había vivido. Miró a la muerte a los ojos y no vio nada. Ese 9 de octubre el comandante Ernesto Che Guevara miró al soldado que lo iba a matar y le dijo que apuntase bien, porque ese día iba a matar a un hombre. Lo asesinaron, y sus asesinos se cubrieron de oprobio. Lo mataron, y lo hicieron eterno, como las leyendas populares, que ni tuvieron origen ni habrán de tener fin.

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