Joaquín Galindo

América Latina: doscientos años después de su independencia

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Después de su conquista por las potencias europeas, América Latina ha estado siempre subordinada a los intereses económicos de un sistema mundial que ha depredado sus materias primas y explotado a su población indígena y mestiza.

Hace doscientos años América Latina alcanzó su independencia, mas no su liberación. El 12 de febrero de 1817 los generales José de San Martín y Bernardo O'Higgins obtuvieron una victoria decisiva para la autodeterminación de las colonias hispanoamericanas en Chacabuco, a poco más de cincuenta kilómetros al norte de Santiago de Chile. En una de las muchas batallas que jalonaron el proceso que desmembró el imperio borbónico, los realistas se dejaron en el campo quinientos muertos propios y una docena de los llamados patriotas. Una vez más, el genio militar de San Martín, veterano de todas las batallas a un lado y otro del océano, derrotó a unas tropas desmoralizadas, mal pagadas y peor comandadas. Su ejército, por el contrario, ganó la guerra, pero sus soldados perdieron la paz. Ciertamente, esta región inmensa se desmenuzó en repúblicas en las que la hacienda y la piel debían alejarse del rojo y el negro para ser tenidas en cuenta. Ni los indígenas que quedaban, ni los mestizos que abundaban, iban a salir de su miseria y subordinación.

América Latina es más que un continente. Es un mundo inmenso cruzado por ríos inabordables, pintado en colores irreproducibles y erizado de montañas inaccesibles. Desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego, en América del Sur la imaginación se sobrecoge ante sus propias fantasías y deseos. Tan imposible de pensarla en su totalidad parece que la división a la que fue sometida corre el riesgo de presentarse natural, olvidando su cuño histórico y político. Cuando Simón Bolívar desistió de su intento de unir las antiguas colonias bajo un solo sol o emblema, incapaz de seguir “arando en el mar”, América Latina comenzó una deriva que le ha dado su actual personalidad al mismo tiempo que le ha robado el futuro a millones de sus pobladores.

 

Como en una historia de vampiros, Europa rejuveneció su cuerpo chupando las venas abiertas de una América que languidecía entre el burlado monopolio castellano y la represión despiadada de toda rebelión indígena.

 

Origen, causas y consecuencias de la emancipación de Hispanoamérica

Los comienzos de las colonias independizadas no auguraban nada bueno. La colonización había desguazado la América precolombina en las llamadas “encomiendas” primero y en haciendas o estancias después. Todas las culturas anteriores fueron devoradas por la voracidad castellana, por un lado, y el comercio mundial, por el otro. América vomitó sus entrañas y Europa sorbió hasta la última gota de sangre o de plata. El oro y la plata que llegaron de América fueron directamente a los bancos europeos, dejando Castilla adornada de iglesias y suntuosidades, pero sumida en la inflación y la destrucción de su industria. España, paradójicamente, quedó postrada a su vez en una forma peculiar de subdesarrollo. El mercado americano, por una parte, y sus materias primas, por otra, fueron decisivos para crear el comercio triangular que llenó el nuevo continente de esclavos africanos y de manufacturas europeas al mismo tiempo que vaciaba sus tripas de minerales y otras materias primas destinadas a ser procesadas en el corazón del viejo mundo. Como en una historia de vampiros, Europa rejuveneció su cuerpo chupando las venas abiertas de una América que languidecía entre el burlado monopolio castellano y la represión despiadada de toda rebelión indígena. Dicho de otro modo, la conquista de América, de corte feudal, puso las condiciones para la emergencia del capitalismo mundial.

Después de que en el siglo XVIII los Borbones cediesen el tráfico de esclavos a los ingleses, los criollos, ricos americanos descendientes de castellanos, se hartaron de rendir pleitesía y de pagar impuestos sin representación política a una monarquía que ni siquiera les garantizaba su supervivencia como clase social privilegiada. El vacío de poder generado por la Guerra de Independencia (1808-1814) confirmó sus temores, iniciando un proceso que nadie podría detener. Un nuevo horizonte había aparecido en América y ninguna promesa de Constitución pudo impedir que el nuevo continente se sacudiese el abrazo momificado de la dinastía borbónica. La América ilustrada, que hablaba el lenguaje de la reciente Revolución estadounidense, no quiso contribuir más a una hacienda española que nada les devolvía y todo les impedía.

La herencia colonial resultó penosa. Los procesos de independencia que se dieron en cada virreinato, las luchas y guerras entre latifundistas y ganaderos, entre estancieros y productores de mercancías de consumo, o entre las tierras del interior y los comerciantes portuarios, fueron lo que hizo de América Latina lo que es hoy. Sin duda había alternativas para que la historia hubiese sido diferente, pero ni los criollos quisieron otra cosa que sujetar sus privilegios bajo el lenguaje del liberalismo, ni las clases subalternas tuvieron fuerza suficiente para forzar el camino contrario. Y tal opción no fue posible porque América Latina, al margen del legado de minusvalía y depredación dejado por la monarquía borbónica, estaba integrada en el sistema del emergente capitalismo mundial. Efectivamente, todo sistema tiene un centro industrial y financiero y una periferia exportadora de materia prima y mano de obra. Para el momento en el que San Martín derrotó a las fuerzas realistas, América Latina estaba siendo recolocada directamente bajo la sombra de la economía británica, que inundó la región con sus mercaderías y sus préstamos. América comenzó su andadura con unas muletas prestadas y la llamada “condena de las materias primas”.

 

De las guerras por el poder acabaron surgiendo a mediados del siglo XIX repúblicas oligárquicas, gobernadas por una clase dominante exportadora de materias primas importadora hasta de los más nimios objetos de consumo, desde peines a jofainas.

 

La oligarquía criolla controló las repúblicas durante el s.XIX

Esta dependencia, que provocó guerras de invasión y de rapiña financiadas por Gran Bretaña entre los nuevos Estados, como la que dejó a Paraguay sin mar y sin industria, no ha terminado hoy en día. Las complejas relaciones económicas de la región, que, a modo de ejemplo, hicieron a la ciudad de Buenos Aires, librecambista, enfrentarse con las provincias argentinas, proteccionistas de su tímida industria, determinaron la historia del continente. De las guerras por el poder acabaron surgiendo a mediados del siglo XIX repúblicas oligárquicas, gobernadas por una clase dominante exportadora de materias primas e importadora hasta de los más nimios objetos de consumo, desde peines a jofainas. Y es que tanto las revoluciones de independencia como las construcciones de las repúblicas estuvieron gobernadas y dirigidas por la misma clase terrateniente que se repartió en subasta las tierras vírgenes o comunes que aún no se habían devorado. Esa misma clase que convirtió sus propiedades feudales en propiedades capitalistas, transformando a los millones de campesinos en jornaleros sin voz, sin voto y sin tierra. La estructura de la propiedad de la tierra, problema histórico fundamental, quedó petrificada, concentrada en unas docenas de familias que aún hoy en día siguen siendo en gran parte las mismas. En Argentina, sin ir más lejos, en el último tercio del siglo XIX se repartió entre las principales familias del país el terreno inmenso de la Patagonia. El ejército argentino, al mando de Julio Argentino Roca, masacró a los indígenas en la llamada Campaña del Desierto para después vender las tierras a quien pudiera comprarlas. Una de las grandes familias, Martínez de Hoz, compró 2.5 millones de hectáreas para su uso y disfrute. Cien años después, un miembro de esta familia hizo las funciones de infame ministro de economía durante la dictadura cívico-militar de las Juntas (1976-1983). Las sombras del pasado son siempre muy húmedas y alargadas.

Las clases dominantes no habían tenido problemas para sujetar los procesos de independencia. Sin embargo después de la Revolución mexicana y la Revolución rusa las cosas no iban a ser tan fáciles.

Tensiones y revueltas en el comienzo del siglo XX 

Así llegó América al siglo XX, completamente volcada a lo que el centro del sistema exigía de ella, con una industria inexistente, una masa de jornaleros sin pasado ni futuro, una deuda externa creciente, unos Estados oligárquicos donde solo se escuchaba a quien hablaba un perfecto castellano y se reprimía a quien no entendía unas constituciones tan importadas como las imprentas que las publicaban. Sin embargo, el propio desarrollo de las contradicciones del sistema había preparado las condiciones para su crisis. La inmigración masiva de trabajadores europeos, la independencia de Cuba (1898), el crecimiento demográfico, el desarrollo urbano, la resistencia campesina a la extensión de las haciendas, las fluctuaciones de precios de las materias primas y, especialmente, el ejemplo de las Revoluciones mexicana y rusa iban a agitar un mundo que las clases blancas hegemónicas de las repúblicas latinoamericanas habían creído eterno.

Si un siglo antes las clases dominantes no habían tenido problemas para sujetar los procesos de independencia, a pesar de los peligros creados por las luchas internas dentro de esa clase, después de la Revolución mexicana y la Revolución rusa las cosas no iban a ser tan fáciles. La Revolución campesina de Zapata hizo temblar a todos los estancieros de América Latina, que hablaban inglés mejor que castellano y maldecían su nacionalidad, renegando de los jornaleros mestizos que no querían aceptar las nuevas condiciones laborables del progreso capitalista.

Ciertamente, la resistencia jornalera a abandonar las solidaridades colectivas y los derechos adquiridos sobre tierras de propios y baldíos forzaron a las repúblicas oligárquicas a tomar medidas excepcionales para defender sus privilegios. El recurso a las dictaduras militares sangrientas fue tan frecuente como necesario. Alimentadas por la tradición del caudillismo cesarista que había sombreado todo el siglo XIX, las dictaduras militares adquirieron, a diferencia de entonces, un carácter mucho más violento respecto a unos movimientos sociales, especialmente el obrero, que antaño todavía habían sido domesticados bajo las palabras prestadas de los padres fundadores. Sin embargo, desde principios del siglo XX el movimiento obrero y la lucha jornalera de los que no tenían voz, voto ni tierra se les hizo, debido a su fuerza creciente, intolerable. No solo hablaba un lenguaje colectivista inasumible, sino que impugnaba con su presencia y reivindicaciones todas las proclamas falsamente universales de las repúblicas patricias latinoamericanas, influenciando peligrosamente en los miembros del liberalismo social de las burguesías locales. Eliminada la población indígena, este movimiento emergía ahora como el “otro” aberrante de unas repúblicas pretendidamente felices y elegantes. La clase dominante sintió miedo, y su brazo armado no quiso tentar a la suerte.

Los golpes militares no tardaron en llegar. En 1930, el presidente de Argentina Hipólito Irigoyen fue derrocado por un golpe de Estado que quiso acabar con las fiebres que intranquilizaban a quienes no querían ver el petróleo nacionalizado y a la exportación de grano o carne sometida a impuestos. Irigoyen representaba el liberalismo social con el que parte de la clase dominante latinoamericana pretendía responder al nuevo desafío social creando un Estado-nación más inclusivo, que tuviera una base económica autónoma y menos sometida a los latigazos que sufre la periferia del sistema. Pero no hubo caso. La burguesía latinoamericana se fracturó en dos partes: los partidarios de seguir como hasta el momento, amarrados ahora al dólar como antes lo estuvieron a la libra, y los que, evitando los excesos de los movimientos socialistas, comunistas o anarquistas, querían construir repúblicas que respondiesen verdaderamente a sus propios ideales, tal y como se estaba realizando en la Europa del pacto de 1945 o en los Estados Unidos forjados por el New Deal de Franklin D. Roosevelt. El problema, sin embargo, residía en la rigidez del dominio de la clase dominante latinoamericana, demasiado consciente de sí misma como para ignorar el hecho de ser una escandalosa minoría blanca en un continente inmensamente mestizo. La revolución triunfante de Cuba fue, por así decirlo, una confirmación de sus peores temores y una exacerbación de sus más profundos odios.

 

Estados Unidos entrenó, financió y orquestó todos los golpes que hicieron temblar el continente en la segunda mitad del siglo XX. Desde la Guatemala de Arbenz (1954) al bombardeo del Palacio de la Moneda (1973), el Plan Cóndor de Henry Kissinger devoró América Latina con la rapacidad de una bestia insaciable.

 

Dictaduras y golpes de estado financiados desde EEUU

Así las cosas, las dictaduras se fueron sucediendo en todos los países menos en México, donde el PRI heredó las glorias y miserias de la Revolución y las congeló para que nada cambiase, a menos que este cambio beneficiase a las clases dominantes, como fue el caso de las reformas neoliberales introducidas en la década de 1990. Durante estas dictaduras América Latina siguió petrificándose en su sitio, haciéndose la guerra entre sus repúblicas, acumulando deuda y destruyendo los logros de los gobiernos que habían pretendido en las décadas centrales del siglo construir otro camino mediante la sustitución de importaciones. Para asegurarse de que la región siguiese siendo tierra de oligarquías que lo vendían todo y no se dejaban de importar nada, Estados Unidos entrenó, financió y orquestó todos los golpes que hicieron temblar el continente en la segunda mitad del siglo XX. Desde la Guatemala de Arbenz (1954) al bombardeo del Palacio de la Moneda (1973), el Plan Cóndor de Henry Kissinger devoró América Latina con la rapacidad de una bestia insaciable. Una vez erradicadas las tensiones sociales en la década de 1970 por la vía del asesinato y la desaparición forzada, aterrorizadas las clases subalternas y destrozados los grupos políticos revolucionarios, se permitió que volviesen las democracias a la periferia del sistema.

Pero este regreso, lejos de poder celebrarse, se disolvió en la llamada crisis de la deuda externa. Las democracias heredaron los balances en rojo del pasado y no pudieron hacer frente a la subida de los tipos de interés que la Reserva Federal decretó en los años ochenta. Los bancos estadounidenses, rebosantes de petrodólares, se habían derramado en préstamos sobre la América vestida de luto y de verde. Ahora esa deuda arrasaba una vez más el presente y el futuro del continente como una gigantesca lengua de lava. Las cuentas no cerraban y las democracias asumieron los programas draconianos de los organismos prestatarios internacionales. Se privatizó todo lo que podía imaginarse, desde los ferrocarriles hasta el agua de la lluvia. En América Central fue necesario suprimir las protestas por guerras tan atroces como inimaginables. Estados Unidos, acostumbrado a organizar golpes e invadir países (República Dominicana por dos veces, Cuba, Panamá, Haití y varios más), decidió financiar escuadrones de la muerte con dinero que sacaba de los sitios más inconfesables.

Entonces se hundió la URSS (1991), y Cuba se quedó aislada. La revolución, finalmente, no incendiaría el mundo ni voltearía América Latina. Los focos guerrilleros se fueron apagando en toda la región, y en otros, como en Colombia, en guerra desde los años cuarenta, languideció sufriendo un proceso de degradación política, por un lado, y de represión cruenta por parte de la república, por el otro. Las reformas neoliberales se presentaron como la única vía posible para el desarrollo, que en términos del momento quería significar la satisfacción del servicio de la deuda. El imaginario político se debatía entre la pobreza del “periodo especial” en Cuba y el crecimiento desigual del modelo chileno santificado por el Consenso de Washington. Las repúblicas volvieron a sus esencias oligárquicas, confiadas en la ausencia de una alternativa. O los programas del FMI o la jungla de Tirofijo. O la escasez relativa de Chile o la escasez absoluta de Cuba. Y sin embargo, en 1999 accedió a la presidencia de Venezuela, la mayor reserva petrolera de toda América, un hombre cuyo mandato pareció cambiar el rumbo de todo el continente.

 

Chávez cumplió su promesa, y con el petróleo nacionalizado de Venezuela financió un gasto público descomunal que por primera vez atendió y sacó del miedo y la necesidad a gran parte de los que nunca habían dejado de sentir uno y otra.

 

La esperanza de un nuevo libertador: Hugo Chávez

Hugo Chávez Frías, teniente coronel de los paracaidistas, se hizo con la presidencia prometiendo una nueva Constitución realmente democrática y una nueva república inclusiva. Cumplió su promesa, y con el petróleo nacionalizado de Venezuela financió un gasto público descomunal que por primera vez atendió y sacó del miedo y la necesidad a gran parte de los que nunca habían dejado de sentir uno y otra. Pero Chávez supo que no podía hacerlo solo, y vendió petróleo barato a otros gobiernos latinoamericanos con la intención de crear una América Latina unida. Su visión, como él mismo decía, era la de un continente federado, no la de unas repúblicas enfrentadas. El enemigo estaba al norte del Río Grande, no al sur. La estrategia surtió efecto. La depredación neoliberal había dejado al Estado en los huesos y a la sociedad desencuadernada. Distintos gobiernos antineoliberales surgieron por toda la región al calor del auge del precio de las materias primas, que permitieron un nuevo intento de industrialización por sustitución de importaciones y alentaron distintos tratados de solidaridad entre las repúblicas. Y en 2005, en la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, Néstor Kirchner transmitió a George Bush la palabra que durante decenios no se había escuchado de ningún gobierno latinoamericano. América Latina se negó a obedecer al gigante norteamericano, y éste no pudo soportarlo.

Colombia siguió ejerciendo de base de operaciones del Departamento de Estado estadounidense. Los constantes enfrentamientos entre Venezuela y su vecino no tuvieron más objetivo que aumentar la presión internacional sobre Chávez, núcleo y pilar fundamental del proyecto de una América Latina unida. Pero hasta su muerte, acaecida en 2013, ninguna de las maniobras norteamericanas y europeas surtieron efecto, ni siquiera cuando por tres días fue derrocado en 2002 mediante un golpe de Estado fallido.

La década del 2000-2010 fue, por tanto, una década ganada para los derechos. Pero la década que ha transcurrido de 2010 a 2020 ha sido un decenio perdido de nuevo. El hundimiento del precio del crudo y de las propias materias primas, fomentado por los países de la OCDE, ha ido derribando a los diferentes gobiernos antineoliberales de la región, minados, por otra parte, por sus propios límites políticos. Ciertamente, la mayor parte de los gobiernos progresistas, con la excepción muy parcial de Venezuela, no llevaron a cabo una auténtica transformación de la estructura de la propiedad de la tierra, la banca y la industria. Sus actuaciones se vieron limitadas a políticas económicas keynesianas de gasto público ingente, pero necesariamente limitado e inflacionista cuando se está en la periferia del capitalismo y, por ello, no se tiene ni una economía diversificada, ni una moneda estable ni un sistema impositivo funcional y progresivo. Sus logros, por tanto, han sido desiguales, y este hecho se ha visto reflejado en sus derrotas electorales.

 

América Latina ha sido devuelta a la disciplina que le impone su lugar en el sistema mundial, aun cuando esto ha supuesto la destrucción de un país como es el caso de Venezuela.

 

Cuando las elecciones no lo han conseguido, distintos golpes de Estado, fallidos como la autoproclamación de Juan Guaidó frente a Nicolás Maduro, exitosos como el reciente caso de Bolivia, han completado esta misión. América Latina ha sido devuelta a la disciplina que le impone su lugar en el sistema mundial, aun cuando esto ha supuesto la destrucción de un país como es el caso de Venezuela. Pero las contradicciones del sistema siguen activas como volcanes que no pueden soslayarse. Las clases dominantes latinoamericanas, partidarias de mantener a la región en un estado de dependencia del que siempre se han beneficiado al hacer el papel de intermediarias, adoptaron actitudes golpistas promoviendo el sabotaje y el derribo de los gobiernos elegidos democráticamente. Su conciencia de clase no se ha debilitado ni un ápice, pero la organización sindical y política de las clases subalternas, a pesar de las derrotas, no ha desaparecido. Una vez ha estallado la libertad en el pecho de un ser humano, escribió Jean-Paul Sartre, nada puede volver a ser como antes. Los acontecimientos recientes en Chile, donde la multitud no ha podido soportar por más tiempo los abusos de un sistema que los degrada y desposee mientras que las clases dominantes se benefician de ello, demuestran que la historia no ha terminado. La década que se abre está en disputa, como el tiempo o las palabras. La falta de pan, el insulto de una reina o el encarecimiento del billete de metro son, a veces, la puerta hacia otra historia. Quién sabe si América detendrá esta vez la sangre que ha venido manando de todos sus sueños y de todas sus condenas.

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