Rosa Luxemburgo: o socialismo o barbarie

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El 15 de enero de 1919 fue asesinada Rosa Luxemburgo por miembros de los Freikorps, pistoleros de extrema derecha a los que acudió el presidente de la República de Weimar, Friedrich Ebert, con la intención de sofocar la segunda oleada revolucionaria que incendió Alemania ese mismo invierno.

Meses antes, en noviembre de 1918, otra revolución, esta vez victoriosa, había puesto fin la Gran Guerra y liquidado el imperio, llevando al poder a una coalición de partidos de izquierda encabezada por el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD).

Ebert, antiguo discípulo de Luxemburgo, temió perder las conquistas obtenidas en esa primera revolución. Después de haber sido el partido más votado durante años mientras duró el periodo del káiser Guillermo II, algo que nunca les llevó al poder porque el imperio no tenía un sistema parlamentario, Ebert tembló ante la perspectiva de un retroceso, sabedor como era del sentimiento de resentimiento que sacudía al oficialato imperial, que consideraba culpable al SPD y otros grupos de haberles dado una “puñalada por la espalda” en noviembre de 1918. Como en otros momentos, la socialdemocracia cedió al temor y se hundió en el temblor. En uno de los días más infames de la historia socialdemócrata europea, Ebert dio carta blanca al pistolerismo reaccionario. El 15 de enero fueron asesinados de sendos tiros en la cabeza Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. El cadáver de ésta fue arrojado a un canal, y con ella la figura de más alta dignidad y capacidad intelectual de la política marxista alemana del siglo XX.

Nacida en Zamosc, actual Polonia, y en aquel tiempo parte de los dominios del zarismo ruso, Luxemburgo vino al mundo en una familia judía al final del invierno de 1871. Quiso la casualidad que fuese el mismo año y el mismo mes en que la Comuna de París amedrentó a todas las clases dominantes de Europa. Su familia se trasladó a Varsovia en una fecha temprana, donde creció con la sensación de que el mundo estaba fuera de su eje y ella no encajaba en él. Sus enfermedades físicas, que le dejaron como legado una cojera característica, su propio entorno, una familia polaca y judía, y su condición de mujer, la dieron la oportunidad de desarrollar una perspectiva ajena a cualquier conformismo con un supuesto orden natural del mundo. Sus estudios en Suiza a finales de los años de 1880 y su marcha a la Alemania guillermina en los años de 1890, le dieron la oportunidad de desarrollar su visión dentro de la capacidad narrativa y metodológica del marxismo.

Sin descuidar la condición de minoría oprimida que llevaba consigo por partida triple (mujer, polaca y judía), Luxemburgo sostuvo desde el principio que la única posibilidad de liberación estaba en la sustitución del modo de producción capitalista por un modo de producción que pusiese en coherencia los medios y los fines, tomando las necesidades de la humanidad como origen, medida y finalidad de ambas cosas. La irracionalidad capitalista, que generaba riqueza de un modo colectivo para luego apropiarla de un modo privado, debía ser ordenada racionalmente. Y en esta tarea no cabía componenda ni negocio posible con el reino de la Bestia. Por ello, en la polémica con Eduard Bernstein al filo del siglo XX, Luxemburgo rechazó la reforma como vía de solución a esta contradicción fundamental, convertida en algo mundial por la propia lógica de la acumulación de capital.

Las revoluciones de 1905 y los conflictos obreros que sacudieron Europa antes de la Gran Guerra parecieron darle la razón. A partir de esos conflictos, en los que tomó lugar y fue encarcelada hasta en tres ocasiones tanto por la Alemania imperial como por la Rusia zarista, Luxemburgo forjó una idea que llevaba rondándole la cabeza desde hacía años. En la mejor tradición marxista, Luxemburgo hizo un análisis concreto de la situación histórica concreta: la organización política y la inmanencia o espontaneidad de las masas no sólo no son contradictorias, como sostenían algunos teóricos de la época, como Georges Sorel, sino que, alejándose también de la ortodoxia cientificista y burocrática de la II Internacional, se necesitan mutuamente. De hecho, afirmó, ambas dos no pueden existir la una sin la otra.

Las masas, escribió Luxemburgo, generan sus propias organizaciones desde dentro, y cuando éstas dejan de estar en relación dialéctica con las masas, se crean otras que así lo hagan. Así ha ocurrido en todas las revoluciones, escribió. La relación entre los dos polos, que no deben verse como tal, porque son dos caras de la misma moneda, es la de la coherencia, no la del conflicto. Esa misma coherencia es la que le llevó a apoyar y sumarse a la revolución de enero de 1919, aun cuando no fue ella ni su grupo los que organizaron esa revolución. El precio que pagó por este compromiso con la consistencia y su visión de la historia fue el que la socialdemocracia en el gobierno consideró que debía tener su cabeza.

Antes de este desenlace fatal, en 1912 se reunió con Jean Jaurés, socialista asesinado en 1914, y ambos declararon que, de haber una guerra entre imperios, como previsiblemente parecía que iba a suceder, era necesario convocar una huelga general. Porque esta guerra, de darse, solo podría ser una carnicería de sangre obrera en el altar de las ganancias imperiales. Fue en este contexto en el que escribió su obra más importante, La acumulación de capital (1913). En ella, Luxemburgo dejó para la posteridad y el pensamiento político uno de los mejores análisis concretos del modo de producción capitalista en su fase imperial.

Partiendo, entre otras, de las ideas de J. A. Hobson y del monumental análisis proporcionado por El capital financiero (1910), del marxista de origen austríaco Rudolf Hilferding, Luxemburgo sostenía que el capitalismo se había mundializado en la forma geopolítica de los imperios, llevado por la necesidad de nuevos mercados que absorbiesen las cíclicas e inevitables superproducciones que el capitalismo europeo creaba. Debido a la escasa demanda de las clases obreras, cuyos salarios de miseria eran al mismo tiempo la base de la riqueza y productividad de la industria, el capitalismo europeo necesitaba vender sus productos allí donde pudiese, evitando, de este modo, la devaluación de sus mercancías. En otras palabras, las crisis cíclicas del capitalismo se debían al subconsumo, esto es, a la debilidad de la demanda interna. Y, debido a que esa debilidad era necesaria para mantener el nivel de vida de las clases dominantes, no parecía que pudiese solucionarse este problema con reformas parciales ni con alianzas o treguas entre imperios que, en realidad, no podían dejar de expandirse, porque, de hacerlo, el colapso estaba garantizado. La guerra, por tanto, era en cierto modo inevitable, a no ser que la clase obrera se organizase y “ascendiese”, dando al traste con el subconsumo y, por ello, con la tasa de ganancia del capitalismo y con el propio imperialismo. Es decir, como escribió años antes de morir, o socialismo o barbarie.

Así pues, la clase obrera y sus organizaciones debían prepararse para ese colapso. A diferencia de lo que sostenían los partidos esclerotizados de la II Internacional, la crisis del imperialismo no se resolvería a favor de las clases trabajadoras por la “astucia de la historia” ni porque “la historia estuviese de nuestro lado”, y quien dice la historia, dice en el lenguaje de Karl Kautsky, principal representante de este tipo de marxismo, las “leyes inquebrantables del movimiento histórico-social”. Bien al contrario, confiar en semejante perspectiva suponía para Luxemburgo la peor de las elecciones. Ninguna crisis se resolverá a favor de la clase obrera, sostuvo, si ésta no se prepara para ello. O se preparaba para el socialismo o sobrevendría la barbarie.

Si bien la propuesta teórica de Luxemburgo presenta unos rasgos discutibles que luego permitieron a los economistas keynesianos y las políticas reformistas del Estado del bienestar reinterpretar este tipo de análisis en una dirección opuesta a la prevista por esta pensadora, desplazando hacia los antiguos imperios no tanto el consumo como los costes de la producción, es difícil no admirar su visión estratégica. En cierto modo, la sustitución del capitalismo debía hacerse a escala global, porque todo “ascenso” obrero en Europa no supondría una modificación sustancial del modo de producción a no ser que se eliminase la posibilidad de acudir a la periferia del mundo, ya en forma de antiguos imperios, ya en las formas posteriores y actuales del neocolonialismo o neoimperialismo. Posibilidad que, como hemos visto, no se disipó ni tiene visos de hacerlo.

Sea como fuere, para Luxemburgo todas las contradicciones que entonces bullían en la historia solo podían tener dos salidas posibles y ninguna otra: o se solucionaban una vez dentro del socialismo, o se convertían en agujeros negros dentro de la barbarie. La opresión de las minorías, por ejemplo, solo podía acabar en un modo de producción socialista, lo que no significaba, contra los críticos y críticas de esta idea, que el propio socialismo fuese de por sí la solución a esos problemas. Por ello, y a pesar de las críticas, probadas ciertas con el tiempo, que le dirigió a la actuación de la dirección bolchevique, apoyó sin reservas la Revolución rusa de octubre/noviembre de 1917. Sin embargo, el capitalismo nunca fue un sistema rígido de producción y dominación. Bien al contrario, su capacidad dialéctica de apropiación de un desafío, o una contradicción, y su devolución como un producto desactivado y mercantilizado, ha supuesto en la historia de la humanidad una marca insuperada. El capitalismo ha sido capaz de convivir con cualquier cosa y de aniquilar todo lo que no ha podido tolerar.

Esta brutal evidencia señala el fin de la vida de Rosa Luxemburgo. Poco antes de morir, fundó el Partido Comunista Alemán (KPD). Quiso participar de la redacción de la Constitución de Weimar, pero no pudo ser, y con ello se creó un vacío dentro de la izquierda, rota por la división entre el KPD y el SPD, que desestabilizó esta nueva república hasta su agonía y muerte en 1933. Pero a pesar de las pruebas de fosilización y timidez dadas por el SPD, quién no puede estremecerse ante la barbarie que terminó con su vida. Su impune asesinato a manos de unos pistoleros de extrema derecha, contratados por el primer gobierno socialista de la historia de Alemania para cimentar con cadáveres la atribulada República de Weimar, es una muestra imborrable de la barbarie que hoy, a más de cien años de este crimen, todavía perdura.

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