La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Salvador Allende, el presidente del pueblo

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Se cumplen 46 años del asesinato de Salvador Allende en el Palacio de la Moneda, y tal como él auguró su sacrificio no fue en vano. Generaciones de todo el mundo se siguen inspirando en su lucha y ejemplo para volver a abrir las alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. 

Muchos procesos históricos son identificados con el dirigente de ese mismo proceso. La historia hace emerger en cada contexto personalidades que podrían pasar desapercibidas en cualquier otra época. A su vez, esas personas, juegan un papel en el desarrollo de esa misma historia, toman decisiones e influyen en el desarrollo de los acontecimientos. Historia y dirigente se convierten recíprocamente en causa y efecto.

Salvador Allende es uno de esos casos, en los que no se puede separar su personalidad, sus hechos, aciertos y errores, con la lucha del pueblo chileno para conquistar un mundo nuevo: el socialismo. Objetivo al que dedicó su vida y por el que finalmente murió. Vaya por delante mi respeto y admiración, para con Salvador Allende. Un gigante del pueblo chileno que llevo la lucha hasta el límite, dentro de las fórmulas pacificas que defendía. Cualquier comparación con cualquier dirigente de un partido socialista, posterior a él, en cualquier parte del globo terráqueo, es más que odiosa. Ninguno de los que yo he tenido noticia, ha sido tan coherente y consecuente como Allende. Desde antes de entrar al gobierno y durante su mandato siguió vinculando a su pueblo y a la clase obrera. Sin duda el mejor homenaje que podemos hacerle, junto a su pueblo, es tratar de recordar lo esencial de aquel proceso revolucionario, en el que se estuvo a punto de cambiar la historia de Chile, de América Latina y quien sabe sí del mundo.

Vaya por delante mi respeto y admiración, para con Salvador Allende. Un gigante del pueblo chileno que llevo la lucha hasta el límitedentro de las fórmulas pacificas que defendía.

Rechazo de la oligarquía chilena a la victoria de Unidad Popular

Tras décadas de luchas del pueblo chileno, con una creciente polarización social, la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende y compuesta por Partido Socialista, Partido Comunista, otros partidos de izquierda minoritarios y con el apoyo de la Central Única de Trabajadores, vence por un estrecho margen al partido de la derecha, el Partido Nacional, en las elecciones del 4 de septiembre de 1970 (36,63% los primeros y 35,29% los segundos). La Democracia Cristiana (tercer partido con un 28,08%) se erige en juez de la situación y permite que gobierne Allende, a cambio de imponerle condiciones que eviten el desarrollo de su programa, mientras desde el inicio se une al Partido Nacional para boicotear la acción del gobierno.

Desde el inicio el Parlamento trata de limitar los poderes del gobierno y su presidente, negando atribuciones y competencias ejercidas con anterioridad por todos los antecesores a Allende. Lo que hasta entonces había sido una república “presidencialista”, la oposición de derechas, trata de convertirla en una república en la que todas las competencias recaigan en un parlamento con mayoría del Partido Nacional y la Democracia Cristiana. Incluso votan, sin atribuciones para ello, eliminar el derecho de veto presidencial contra las decisiones del parlamento.

Unido al bloque institucional, parlamento, jueces y militares, contrarios a la Unidad Popular, se desarrolló un boicot empresarial a gran escala. Fomentando el desabastecimiento en las barriadas obreras, acaparando productos de primera necesidad. Mientras agitaban en los medios de comunicación (el 75% controlados por la derecha) para movilizar a distintos sectores contra el gobierno, estudiantes universitarios (Universidad Católica de Chile), transportistas, incluso algún sector de la clase obrera se suma a la campaña para derrotar a Allende.

Pero a cada acción de boicot se da una respuesta por la clase obrera, que en su inmensa mayoría demuestra una capacidad de lucha y sacrificio que apuntala al gobierno de Allende. Es una clase obrera que no espera que se produzcan los decretos en su favor, sino que crea por su cuenta comités de inspección contra los acaparadores, organiza el transporte en las ciudades para romper el sabotaje empresarial, vigila las fábricas continuamente para que no sean asaltadas, organizan el orden público y reparten los alimentos y medicinas. Cada golpe de la burguesía genera un aumento en la resolución y conciencia de una clase obrera organizada consciente de su futuro.

Con el apoyo de las masas el gobierno nacionaliza el cobre, el hierro, el nitrato, el carbón y el cemento. Estatizando gran parte de la banca nacional e internacional que opera en Chile. Además, se han expropiado más de 6 millones de hectáreas para repartirlas a campesinos pobres. Todas estas medidas aumentan el prestigio del gobierno entre los sectores populares, produciéndose una simbiosis entre trabajadores y gobierno como pocas veces en la historia se ha dado. Los trabajadores lo consideran su gobierno y lo defienden de los numerosos ataques que recibe.

 

A cada acción de boicot de la derecha chilena hay una respuesta organizada de la clase trabajadora.

Con el apoyo de las masas el gobierno nacionaliza el cobre, el hierro, el nitrato, el carbón y el cemento. Estatizando gran parte de la banca nacional e internacional que opera en Chile.

 

La derrota electoral de la derecha y la preparación del golpe

La oposición, tras una campaña de dos años y medio contra el gobierno de Allende, centra su objetivo en las elecciones parlamentarias del 4 marzo de 1973. La Democracia Cristiana y el Partido Nacional se coaligaron con el objetivo de obtener el 66% de los representantes.Pero lejos de producirse un retroceso de la Unidad Popular, las expectativas generadas entre el pueblo lo llevan a mejorar los resultados, pasando de un 36% en 1970 a un 43% en 1973. Representando una humillante derrota para la derecha que se había propuesto alcanzar los dos tercios necesarios para echar a Allende desde el parlamento.

La burguesía chilena, siempre de la mano de la de EE.UU., considera muerta la vía electoral para derrotar al gobierno; por lo que empieza a organizar un golpe de estado militar para derrocarlo.

Son 5 meses de una actividad política frenética. Los acontecimientos se suceden, la burguesía redobla sus esfuerzos para movilizar contra el gobierno. Una vez más, aunque de forma más virulenta, huelga de empresarios del transporte para desabastecer las ciudades, boicot de los comerciantes, huelga de estudiantes, atentados con bombas incendiarias y el asesinato de un oficial del ejército vinculado a Allende.

Pero la respuesta de la clase obrera vuelve a ser la de los años anteriores, también con más fuerza y decisión. Se crean los Cordones Industriales -31 a mediados del 73-, para planificar, asegurar y coordinar la producción en una zona. También se desarrollan en los barrios obreros los Comandos Comunales, en los que participan los vecinos para organizar la vida y el abastecimiento. Se llega a distribuir directamente desde las fábricas a los barrios. Estas dos formas de organización son órganos de poder obrero, que empiezan a coordinarse entre ellos, siendo el embrión de una futura Chile Socialista.

En la práctica empieza a darse un doble poder, el de la burguesía con todos sus medios y el de la clase obrera con sus formas de organización. Cada paso que da uno de los contendientes amenaza al otro, cuestionándose los dos el régimen existente como válido para defender sus intereses.

 

Queda como metáfora saber si con él, su pueblo se suicidó al no armarse con anterioridad al golpe de estado. Hubo sectores que lo pidieron, pero no se hizo, renunciando a poder combatir a quienes no dudaron en matar, torturar, violar y tratar de eliminar cualquier recuerdo de esa magnífica lucha del pueblo chileno.

 

Las armas decidieron

Durante los tres años en los que el enfrentamiento aumenta de intensidad, las élites económicas tienen muy claro el papel que podría llegar desempeñar el poderío militar. Por un lado, fortalecen a los sectores más reaccionarios del ejército, por otro, tratan de impedir por todos los medios que el pueblo se arme.

En ese periodo son decisivos los llamados “allanamientos” que, amparándose en una ley antidemocrática, permiten al ejército sin orden judicial ni control político alguno, allanar cualquier vivienda, edificio, fábrica, o lugar público que consideren oportuno. Con la excusa de buscar armas decaen las garantías constitucionales. Hasta el 3 de agosto de 1973 se producen 27 allanamientos en fábricas, sindicatos, incluso en alguna barriada el ejército entra con tanques. En ninguno de los casos encuentran armas. Pero si consiguen intimidar a la población y evidenciar la impotencia del gobierno ante el poder militar; mientras son ensayos perfectos para el golpe.

El 29 de junio en medio de la máxima tensión social instigada por la burguesía, se produce un intento de golpe de estado, denominado el Tancazo. Un sector impaciente del ejército se lanza con tanques a la sede presidencial, el Palacio de la Moneda. Ante la pasividad de la mayoría del ejército, el golpe es sofocado. El Partido Nacional no condena la acción, mientras la dirección del partido fascista Patria y Libertad se refugia en la embajada de Ecuador.

Los obreros salen a la calle a defender a su gobierno, mientras le piden que tome medidas concretas contra los golpistas. A Allende, le solicitan la convocatoria de un plebiscito que permita el cierre del congreso de forma democrática, además de armas para poder defenderse ante un inminente golpe de la derecha. La respuesta del presidente fue la de pedir al parlamento declarar el estado de sitio lo que le hubiera otorgado poderes especiales. La derecha vota en contra a pesar de lo excepcional de la situación, o precisamente por ello. En periodos anteriores se había concedido sin problema alguno, para Allende está vetada esa opción.

Allende no escucha al sector más decidido del pueblo. Piensa que se pueden acordar cuestiones mínimas que eviten el enfrentamiento civil, intenta, a la desesperada, un acuerdo con la Democracia Cristiana para evitar el derramamiento de sangre. Éstos, proponen unas condiciones inasumibles para Allende que representan una rendición incondicional del gobierno de la Unidad Popular. Una vez más la Democracia Cristiana es parte de la estructura del golpe que se cierne sobre Chile.

Mientras el ejército amenaza con intervenir si el presidente incumple la Constitución. El Partido Socialista mayoritario en la Unidad Popular, al que pertenece Allende, exige a los soldados, llegado el caso, volverse contra sus oficiales. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria, integrante de la UP, advierte que “todas las formas de lucha del pueblo serán legítimas”.

El 27 de julio la ultraderecha, asesina al comandante Arturo Agalla Peters, hombre de confianza de Allende entre el ejército. Figura eliminada por su influencia entre algún sector del ejército, el conocimiento que tenía de las fuerzas armadas y su determinación para acabar con el golpe que estaba en marcha.

El 9 de agosto Allende introduce en su gobierno a militares, buscando el acuerdo a toda costa. La respuesta de la derecha es recrudecer la huelga del transporte, logrando desabastecer fábricas y barrios obreros. A su vez la respuesta de los trabajadores es la creación de Juntas de Abastecimiento y Almacenes Populares, que compran alimentos directamente al gobierno. Distribuyéndolos entre la población con criterios de justicia social y de forma ordenada. Se extiende la toma y ocupación de fábricas por parte de los trabajadores, no solo las que determinaban decretos gubernamentales. Los obreros no esperan para combatir a los empresarios que boicotean la producción, los sustituyen por formas de autogestión obrera.

El 22 de agosto el parlamento da vía libre al golpe de estado, al votar que el gobierno de Allende está al margen de la Constitución. Mientras la derecha hostiga por todos los medios, movilizándose hasta las mujeres de la burguesía en pos del derribo del poder popular.

No todo estaba perdido, el 4 de septiembre se celebra el triunfo de la Unidad Popular, día en la que se produce una gran movilización popular de apoyo a Allende. 800.000 personas desfilan ante él, Allende durante horas escucha las consignas y aspiraciones del pueblo; con consignas como “basta ya de conciliar, es la hora de luchar” o “pueblo, conciencia, fusil, sil, sil”.

Ese día, Allende hace llegar a sus compañeros más próximos la convocatoria de un plebiscito, acerca de su permanencia en el cargo de Presidente, que sectores del pueblo demandaba. La convocatoria pública del plebiscito sería el 11 de septiembre. Ese plebiscito, democrático, podría ser con casi toda seguridad el fin del sistema social en Chile, lo que probablemente aceleró los planes del golpe.

 

El golpe y su régimen posterior fueron bendecidos por la Democracia Cristiana, el Partido Nacional y la iglesia chilena en el interior. En el exterior los EE.UU, el Vaticano y el capitalismo internacional festejaron el triunfo de los golpistas.

 

El fatídico 11-S

El 11 de septiembre de madrugada empieza el golpe en Valparaíso. La armada y la marina, apoyada por 4 buques de los EE.UU. controlan la situación. A las 8 horas aviones sobrevuelan Santiago de Chile. Los golpistas piden a Allende una renuncia, a la que se niega. Durante más de tres horas los 40 fieles que se quedan junto al presidente resisten el bombardeo y al ejército. Allende muere aproximadamente a las 14:15 horas. Últimamente se baraja el suicido como la forma de morir del presidente, en cualquier caso, no cabe duda de dos cuestiones:

-Salvador Allende, se negó a renunciar en reiteradas ocasiones en las que se le ofrecía marcharse del país al que él eligiera.

-Queda demostrado que las fuerzas militares chilenas no hubieran tenido ningún prejuicio o problema moral en asesinarlo. Parece ser que el plan era subirlo a un avión y una vez desacreditado por su huida derribarlo.

No es lo más importante determinar si fue abatido por las armas o se suicidó. En ninguno de los dos casos quiso entregarse a la oligarquía que había combatido. Queda como metáfora saber si con él, su pueblo se suicidó al no armarse con anterioridad al golpe de estado. Hubo sectores que lo pidieron, pero no se hizo, renunciando a poder combatir a quienes no dudaron en matar, torturar, violar y tratar de eliminar cualquier recuerdo de esa magnífica lucha del pueblo chileno, tan excepcional como su líder, con tantas lecciones como ejemplos de dignidad nos han legado.

El golpe y su régimen posterior fueron bendecidos por la Democracia Cristiana, el Partido Nacional y la iglesia chilena en el interior. En el exterior los EE.UU, el Vaticano y el capitalismo internacional festejaron el triunfo de los golpistas. Los derechos humanos y la democracia a la que aludía la oposición en el pasado dejaron de existir y de importarles. Según las cifras oficiales la dictadura provocó unas 40.000 víctimas y más de 3000 chilenos fueron asesinados por el régimen.

Además, los crímenes tenían como objetivo la defensa de los intereses de la burguesía chilena e internacional, la reprivatización de todo lo nacionalizado, la puesta en práctica de las políticas neoliberales de la Escuela de Chicago, privatizaciones de los servicios públicos, liberalismo, bajos salarios, pensiones privadas, etc.

La historia no acabó el 11 de septiembre en Chile, en los últimos años se aprecia un despertar por revertir las políticas económicas de los años de la dictadura. Aprender y homenajear a los luchadores que fueron derrotados es una obligación para cualquiera que se considere de izquierdas. Y confío en que habrá nuevas oportunidades para transformar la realidad y eso pasa por la convicción de quienes tratamos de estudiar la sociedad. ¡Preparémonos!

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