Joaquín Galindo

Santolea: ¿logro regeneracionista o imposición dictatorial?

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La política hidráulica de los años 30 a 70 del siglo XX propició el trasvase de aguas, gentes y riqueza desde los montes del Maestrazgo al Bajo Aragón turolense y zaragozano.

Resulta notorio y ampliamente documentado el compulsivo afán de Francisco Franco por construir, finalizar, inaugurar y mantener embalses que regularan los caudales de los ríos españoles. Decir que tal política buscaba asegurar las reservas hidráulicas en un país de clima mayoritariamente mediterráneo y, por ello, sujeto a recurrentes y graves sequías, sería otorgar falsas bondades a un régimen que nunca las tuvo, al menos para la inmensa mayoría de gobernados. En lo que concierne al Aragón hídrico, Franco no hizo sino concluir, o mantener, en el mejor de los casos, unos anhelos del movimiento regeneracionista del siglo XIX que en su mayoría fueron iniciados durante otro régimen dictatorial, el de Miguel Primo de Rivera; por ejemplo, un actor fundamental de la cuestión, la Confederación Hidrográfica del Ebro –CHE-, nació el 6 de marzo de 1926 como ‘Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro’, bajo la rúbrica del rey Alfonso XIII.

Esos ‘pantanos’ de tan frecuente presencia en los No-Dos aseguraron regadíos a terratenientes a quienes la agricultura extensiva -necesaria ante el aumento de consumo propiciado por el crecimiento urbano, la superación de los años de escasez y la apertura a mercados exteriores- proporcionó una ingente fuente de ingresos que se sumó a otras que pudieran tener. Como efecto secundario -quizá calculado para asegurar fidelidades clave entre el pueblo llano-, pudieron beneficiarse también de la política del rodillo hidráulico pequeños productores con tierras anexas o cercanas a las de grandes propietarios, siempre que se hubieran librado de las garras de la expropiación forzosa. No fue ésta la suerte de los habitantes de Santolea, un rico y bello pueblo del

Maestrazgo turolense en la cabecera del río Guadalope, que se vieron expropiados y forzados al exilio; a quienes lo quisieron se les compensó con tierras en otras zonas, de las que consiguieron sacar fruto abundante con muchos sudores, gracias a un carácter forjado en la dureza de las gentes de montaña.

Como una cruel broma del destino, dos de las principales riquezas de Santolea, el agua y el paisaje, fueron también las fuentes de su ruina: la generosidad de sus acuíferos y el encañonamiento del río eran condiciones óptimas para construir en el lugar un gran embalse que asegurara un caudal más o menos regular aguas abajo, principalmente en Alcañiz y Caspe. La construcción del pantano fue auspiciada por el espíritu regeneracionista bajoaragonés de finales del siglo XIX y reorientada más tarde hacia los intereses de los terratenientes del Bajo Aragón turolense y zaragozano, que gozaban de notables influencias en círculos políticos de la capital del Estado. El agua del embalse de Santolea inundó las otrora fértiles tierras del municipio en dos tandas: 1932 (con el inicio de las obras de la primera presa) y 1956. ¿Y qué fue del núcleo habitable santoleano? Las aguas del pantano nunca lo anegaron, jamás se acercaron a él. Pero los últimos estertores del autoritarismo franquista no podían permitirse debilidades, así que las casas e iglesia expropiadas fueron demolidas, dinamitadas, reducidas a escombros y ruinas en 1972 por la CHE; con la excusa de impedir ocupaciones ilegales, borrar del mapa la zona habitada frustraba posibles reclamaciones futuras de quienes un día fueron sus propietarios.

Las gentes de la otrora rica Santolea vieron caer bajo el peso de las máquinas y los explosivos sus techos y paredes, pero no su memoria. Aunque la diáspora fue total y geográficamente muy dispersa –Alcañiz, Barcelona, Valencia, Francia...-, los santoleanos se han sentido siempre orgullosos de sus orígenes; no en vano, la presencia humana en la zona se remonta a la prehistoria, como atestiguan los varios abrigos de Arte Rupestre Levantino (declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998) presentes en la zona –otros, hoy desconocidos, quedaron engullidos y destruidos casi con total seguridad por las aguas del pantano-.

Acaso fruto del orgullo por un pasado ancestral, un grupo de santoleanos y descendientes de éstos creó en 2009 la Asociación Cultural ‘Santolea Viva’ (http://santolea.blogspot.com.es/), con el objeto de rescatar de un olvido que nunca fue total la memoria de los años y modos de vida de un pueblo injustamente demolido, y entroncarla con la realidad actual de quienes honran tales raíces. En su encuentro anual de finales de abril, la entidad reúne a cerca de dos centenares de personas de hasta cinco generaciones distintas para celebrar una festiva jornada de convivencia en torno a sus orígenes y homenajear a su patrona, Santa Engracia. Esta pasada primavera, además, gracias a la pasión fotográfica del doctor Miguel Perdiguer –santo-leano emigrado a Alcañiz- y la colaboración del Área de Cultura y Patrimonio de la Comarca del

Maestrazgo y de otras instituciones, la Asociación ha reunido en una interesantísima exposición varias imágenes del pasado de Santolea y de la vida actual de algunos de sus habitantes, que son hoy vecinos de otros lugares, entre ellos la pedanía alcañizana de Puigmoreno. La muestra lleva por título ‘Una mirada a Santolea’ y es, realmente, una ventana etnográfica que va desde los años 20 del siglo XX hasta la actualidad y que reúne el ayer y hoy del pueblo y de varias de las personas que allí nacieron y vivieron sus primeros años.

‘Una mirada a Santolea’ ha viajado ya a Castellote –Maestrazgo- y a un espacio tan concurrido como la Biblioteca Municipal de Alcañiz –Bajo Aragón-, en este último caso gracias a la colaboración del Área de Cultura del Ayuntamiento alcañizano y de otras aportaciones institucionales y personales. El martes 6 de junio la presentaron en el espacio bibliotecario la consejera de Cultura de la Comarca del Maestrazgo, Esther Medina, la concejal de Cultura del consistorio, Berta Zapater, la presidenta de la Asociación Santolea Viva, Laura Berné, y el admirable doctor Miguel Perdiguer, que nació en Santolea hace casi 100 años –un lejano 9 de agosto de 1918- y que, además de sus fotografías, conserva en su prodigiosa memoria muchos de los recuerdos del singular pero no por ello menos duro pasado santoleano.

 

hola

(de izqda. a dcha., Medina, Berné, Perdiguer y Zapater).

 

En las palabras inaugurales, Zapater agradeció a la Asociación y a la Comarca del Maestrazgo su “interés por haber pensado en un lugar tan concurrido y emblemático como la Biblioteca de Alcañiz para la exposición sobre el pasado y el presente de Santolea y sus gentes”. Por su parte, Berné agradeció la colaboración institucional que ha hecho posible la muestra y resumió la historia del pueblo y del embalse de Santolea, “un pantano que nunca inundó las viviendas ni la iglesia, pese a lo cual fueron reducidas a ruinas”. Con la exposición, Santolea Viva pretende, según su presidenta, “rendir homenaje a las personas que tuvieron que abandonar sus casas y tierras y que perdieron su patrimonio y raíces injustamente, ya que la construcción del embalse no tenía por qué llevar pareja la destrucción del pueblo”. Tuvo también su emotiva intervención en la inauguración alcañizana el autor de la mayoría de imágenes de ‘Una mirada a Santolea’, Miguel Perdiguer, quien explicó que había cedido a la Asociación las fotografías que quisieran de su ingente archivo y que empezó a tomar “con una maquinilla pequeña que todavía conservo y por la que pagué doce pesetas con noventa céntimos, una cantidad que me costó mucho reunir en mi época de estudiante de Bachiller”. Entre sus vívidos recuerdos, Perdiguer relató que “Santolea era una cabecera de una comarca a la que por aquel entonces se la conocía como ‘La Concordia’, seguramente porque entre sus vecinos se llevaban bien; era un pueblo agrícola mejor que los otros porque tenía más huerta, pasaba el río por allí y el resto eran todos de secano”.

Y así, el agua del río Guadalope que daba vida y riqueza agrícola a Santolea fue paradójicamente el principal motivo de su fin como pueblo, ya que se aprovechó el encañonamiento fluvial en sus cercanías para construir el embalse del mismo nombre; una obra que motivó un éxodo y dibujó un paisaje distinto y que, queriendo seguir el propio trayecto de las aguas, se llevó la prosperidad del regadío hacia las tierras bajas de la desembocadura, en las inmediaciones de otras dos cabeceras comarcales, Alcañiz y Caspe. De esta historia de trasvase de gentes y producciones dan testimonio, precisamente, ‘Una mirada a Santolea’ y la actividad de la Asociación Santolea Viva. Ω

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