No es personal, son sólo negocios

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En mayo de 2015 ocurrió un vuelco histórico. Por primera vez, la izquierda ajena al bipartidismo se hacía con los gobiernos municipales de buena parte de las grandes ciudades y de significativas localidades en distintas zonas del estado. Un vuelco histórico producto de la nueva época política que abriría la crisis capitalista iniciada en 2007.

El crecimiento de la pobreza y la agudización de las desigualdad; la falta de expectativas de la juventud; el descrédito del Régimen del 78 y del sistema; así como el florecimiento de un basto movimiento popular que mantendría 4 años de agitación constante en las calles. Son rasgos imprescindibles para definir esta nueva época y sus consecuencias en la conciencia de la gente. Sin este proceso sería imposible explicar aquel terremoto político.

Encontrar una explicación puramente local a este fenómeno, e incluso darle importancia suprema a quien encabezó las listas en cada municipio, sería de una miopía atroz. El ascenso de las candidaturas de unidad popular o confluencias -así como de otras fuerzas de izquierdas alternativas al PSOE- fue generalizado, de las costas de Galicia al Levante y desde Barcelona a Cádiz, pasando por Madrid. Un fenómeno general que se expresaría de forma local y que entonces con la perspectiva de las elecciones generales del 2016 podía suponer el anticipo de nuevos “asaltos”. La cosa no terminó así, pero ese era el ambiente que se vivía entre nuestra gente.

¿Susto o muerte?

El susto para los dueños absolutos del Reino, fue mayúsculo. No menor que el sobresalto provocado en las élites que han controlado las ciudades a su antojo durante décadas. Y qué decir de los mayordomos de los anteriores en las instituciones, aún no han digerido aquella derrota.

Pero aunque los sustos estremecen, el sistema sobreviviría. La estrategia para que esta experiencia histórica fuera lo más pasajera posible no ha sido especialmente novedosa. Un binomio clásico: el plan “A” consistente en el intento de asimilación total al sistema de las capas dirigentes de los procesos; el plan “B” sería la práctica de una política de bloqueo y destrucción.

Zaragoza

Caciquismo 2.0

Zaragoza no fue una excepción de esta dinámica. Al contrario, será uno de sus máximos exponentes. Una de las raíces de esa especial virulencia no es otro que la estructura caciquil de la economía, el poder y los medios de comunicación en la ciudad y en el conjunto de Aragón.

En líneas generales la composición del gobierno municipal constituido en junio de 2015, no invitaba a una asimilación -o no sin resistencias y seguras contradicciones-. El plan “A”, aunque nunca se abandona y en ciertos asuntos logran tensionar nuestras posiciones, da resultados irrelevantes en el corto plazo. En resumen, quienes controlan -de forma efectiva- la sociedad decidieron dar mucho más “palo” y menos “zanahoria”. Tenían prisa.

Otro elemento (en este caso no diferencial) que facilitaba el éxito de la estrategia de “los de siempre” era el cansancio acumulado en los sectores más comprometidos de la sociedad, especialmente entre los activistas que se bregaron en extender la movilización y organización social en el periodo 2011-2014. Si decíamos que era imposible entender el resultado del 2015 sin el periodo de luchas anterior y sin las transformaciones en la conciencia provocadas por la crisis. Tampoco podríamos entender la derrota en las elecciones municipales de 2019 y la vuelta de la derecha al gobierno de la ciudad sin ese ambiente de “desmoviliza-ción”.

Acoso y derribo

No fueron necesarios 100 días de gobierno municipal, ni si quiera una semana. El gobierno sería atacado y ridiculizado desde el día de la misma investidura por ese combo compenetrado que fueron la oposición y las grandes empresas de comunicación locales. Si en la campaña electoral Zaragoza en Común fue casi obviada, una vez confirmado el vuelco electoral en la izquierda todos los focos se pusieron sobre los nuevos gobiernos municipales. Querían marcarnos la agenda (Plan “A”) y señalar bien los férreos límites del Régimen (Plan “B”).

Como decía, las grandes empresas de comunicación jugaron un papel clave, amplificado por la falta de pluralidad informativa que asola Aragón y su capital. Los editoriales y destacados de los dos grandes medios escritos aragoneses eran la base de la que partían los destacados del resto de plataformas incluyendo la televisión y la radio. En rara ocasión esa “agenda común” se trastocaba. Y tampoco los medios públicos fueron excepción, afectando esta dinámica especialmente al trabajo informativo de Aragón TV y los espacios de supuesto debate o tertulia convertidos en monólogos de una misma posición.

Fue tan atroz la campaña de derribo que no era extraño ver artículos de información local sin firmar o titulares que no se correspondían con el contenido de la propia redacción. Esto denotaba la intervención directa una y otra vez del “mando vertical” en los medios.

La lluvia fina

Pero además de grandes titulares groseros con la pretendida imparcialidad e independencia de la práctica periodística, este caciquismo informativo mantuvo una no menos importante lluvia fina que consistía en la manipulación del propio uso del lenguaje y la repetición sistemática de caracterizaciones negativas. Por ejemplo. Desde que Pedro Santisteve resultó elegido Alcalde, el “Ayuntamiento de Zaragoza hace” o “Zaragoza propone” se transformó en los titulares de Heraldo de Aragón y de El Periódico de Aragón en: “Zaragoza en Común hace o propone”. Especialmente las noticias (que eran continuas) con carga negativa o aquellas que consideraban con sesgo ideológico suficiente. Sin embargo en las noticias positivas el titular ya no era para “Zaragoza en Común”, era de nuevo el “Ayuntamiento de Zaragoza” el que hacia “tal cosa positiva”. Parecía que algunas medidas o proyectos aparecían por generación espontanea, en ocasiones sin ni tan siquiera hacer mención a la Consejería o Concejalía que los desarrollaba. En otros casos este tipo de noticias era relegada a un ladillo, por más que fuera algo con entidad propia.  

Otro ejemplo de “gota a gota” en este caso de la televisión pública aragonesa. Era habitual que abrieran una noticia de política local con declaraciones y ruedas de prensa de portavoces de la oposición cargando contra el gobierno municipal, y la respuesta “institucional” del Gobierno fuera reducida a la voz del presentador o presentadora con algún exiguo “según del Gobierno de Zaragoza en Común...” sobre imágenes de archivo. A veces ni eso.

Esta estrategia también nos regaló buenos momentos. En las ciudades pasan cosas, que diría M. Rajoy. Y en Zaragoza, también. De vez en cuando se caen árboles o se parten ramas. ¿Pero que ocurre cuando Heraldo de Aragón decide transformarlo en “acontecimiento” de portada? ¿Que ocurre cuando se convierte en un loop? Estoy convencido: dentro de 50 años cuando recurran al archivo para caracterizar nuestra época pensaran que en Zaragoza llovieron árboles del cielo.

Usurpación del poder y autoritarismo

En resumen ese equipo formado por la oposición y las grandes empresas de comunicación aragonesas trataba de asentar la percepción de “usurpación” de “su” Ayuntamiento por unos agentes “extraños y hostiles”. Por goteo (con ejemplos como el que he relatado) se deslindaba el nuevo gobierno de unidad popular de la institucionalidad que nunca debió ocupar.

Por goteo también se trataba de asentar el carácter “autoritario” y “sectario” del gobierno de Pedro Santisteve. De forma machacona se nos presumía “falta de capacidad de diálogo”. Cada vez que el grupo del PSOE dirigido por Pérez Anadón se alineaba con PP y Cs en cuestiones de importancia (urbanismo, municipalizaciones, vivienda…), las líneas editoriales no señalaban como una incoherencia palmaria para un partido de izquierda su continúo alineamiento con la derecha política y económica. No era advertida política de bloqueo y desgaste alguna, eso del “bloqueo” era victimismo de Zaragoza en Común.

El veredicto era siempre el mismo: todas las fatalidades que le ocurrían al gobierno eran motivadas por esa “falta de capacidad de diálogo” y por su supina “inexperiencia”.

Choque de intereses

No os descubriré nada nuevo. Como dicen en las películas de gansters “esto no es personal, son solo negocios”. Y es que en una ciudad de 700.000 habitantes con una localización privilegiada (en la conectividad) había muchos e importantes intereses en juego. Operaciones especulativas, pelotazos, connivencia con las grandes contratas… Todo eso parecía en peligro con la entrada del nuevo gobierno municipal.

La paralización inmediata del “Romaredazo”, es decir la operación de cesión del estadio municipal a las grandes familias escondidas tras el Consejo de Administración del Real Zaragoza para que pudieran explotar durante 75 años el negocio terciario que aportaría el proyecto de reforma (todo con cómoda y asegurada financiación municipal). Las resistencias del gobierno al atentado contra el patrimonio industrial en la “Operación Averly” o a la creación de un nuevo centro comercial en los suelos de Pikolin en la Carretera de Logroño. Las intenciones de municipalizar las contratas que fueran venciendo como Parques y Jardines (FCC en aquel momento) o las depuradoras (ACS)… ¡Bien valían emplearse con saña contra el gobierno de Zaragoza en Común!

El elefante en la habitación

En ocasiones algunos pensadores definidos como progresistas nos regañan (ofendidos) por señalar la existencia de un “Régimen del 78” al servicio de una pequeña minoría. Pero por más que cierren los ojos, el elefante sigue en la habitación.

El Reino de España no es otra cosa que un Consejo de Administración del capitalismo en esta porción importante de la península ibérica. Y el Régimen del 78 es toda la estructura política, administrativa, económica, militar, policial y mediática que trata de perpetuar ambos (el Reino de España y el capitalismo). Y como tal cosa se comporta. Es su propia naturaleza.

Es un régimen con derechos democráticos (conquistados, no regalados), aunque cada vez más restringidos por la legislación y la práctica de los poderes del estado contra la disidencia. Y si, es mucho mejor que la dictadura franquista. Pero el telón democrático se desmoronó para amplias capas de la sociedad con la explosión de la crisis de 2007 y en especial desde el estallido del 15M.

“No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Y no faltaba razón para afirmarlo a la vista del rescate bancario, los recortes, las pérdidas de derechos… Y sobre todo teniendo en cuenta la falta de perspectivas de la población y la juventud en particular. Ahí es precisamente donde se cimenta la representación actual del Régimen del 78 en las conciencias de amplias capas de la población. La situación que provocó la crisis del 2007 y sobre todo la dureza en las recetas impuestas por La Troika y los distintos gobiernos españoles, mostró desnuda la Santa Alianza entre las élites ligadas a las grandes multinacionales y el sector financiero con el bipartidismo y los poderes del estado.

Intervención de la autonomía municipal

Sería inocente pensar que los nuevos gobiernos llamados “Ayunta-mientos del cambio”, podrían cumplir sus programas sin chocar una y otra vez con todo ese entramado que hemos denominado Régimen del 78. Ya hemos descrito suficiente, pero aún quedaba más por descubrir para corroborar su capacidad de resistencia a cualquier mínimo avance hacia la transformación social.

En ocasiones bromeábamos en el gobierno: “Solo falta que nos intervenga la OTAN”. Y es que cuando fallaba la estrategia de bloqueo político y chorreo mediático se recurría a la intervención de la autonomía municipal a través del Poder Judicial o de los recursos de la Delegación del Gobierno. Muchos de los grandes conflictos políticos de la ciudad, en concreto los que ponían en duda los privilegios de los de siempre o los símbolos de ese “Régimen que no existe” encontraban en los juzgados o en otras estructuras del estado una forma de entorpecer o paralizar las decisiones legitimas del Gobierno de Zaragoza en Común.

El cambio de denominación del Pabellón Príncipe Felipe, la actuación frente a las irregularidades en la actividad del Complejo Aura (supuesto equipamiento deportivo), las clausulas sociales, las clausulas contra los paraísos financieros, la “operación Averly”, el pacto-convenio, el tortuoso proceso de municipalización del 010, o el tratamiento inicial del accidente de la Oktoberfest, la aplicación de Ley de Capitalidad… Tuvieron en común la intervención judicial o de otras instituciones, y no precisamente para salvaguardar la autonomía municipal y los intereses de la ciudad. Hasta el Justicia de Aragón salió en defensa de la pobre oposición zaragozana que había sido reprimida duramente en su pluralidad por el gobierno de Santisteve en el golpe de estado de las sociedades. Entiéndase la ironía.

Un gobierno de izquierdas

No pretendo en este artículo hacer un repaso de las mejores medidas y proyectos del gobierno municipal del que formé parte, ni tampoco profundizar en nuestros errores y contradicciones. Pero hay que reconocer los avances realizados en solo cuatro años en numerosos frentes de la política municipal. Desde el control a las contratas municipales, al cese de los grandes faustos como motor de una economía del pelotazo fácil. Del aumento del parque municipal de alquiler social, a la puesta en marcha de la primera participación vecinal directa en los presupuestos de la ciudad. De la implementación de la perspectiva de género, al aumento de las ayudas para rehabilitación energética. De la gratuidad del transporte para menores de 8 años, al importante aumento del gasto social. Del éxito de la “cota cero” en el Casco Histórico, a la implementación de nuevas instalaciones deportivas. O de la extensión de la red de carriles bici, a la rehabilitación del Mercado Central o la Imprenta Blasco. Todas ellas son señas de identidad del gobierno de Zaragoza en Común y podríamos seguir la lista con la llegada de las políticas de juventud a los nuevos barrios de Zaragoza o el comienzo en la descentralización de las Fiestas del Pilar.

Es verdad que una parte de nuestras propuestas fueron bloqueadas en el Pleno del Ayuntamiento de Zaragoza o por sentencias judiciales. Algunas de ellas fundamentales como los planes de municipalización de contratas que fueran venciendo (depuradoras, parque y jardines...); el Plan de Inversiones de Zaragoza Vivienda 2018-2023 que hubiera supuesto la inversión de 72 millones de euros en promoción y rehabilitación de vivienda pública; la conservación de Averly…

Por tanto hemos de reconocer que no todo el programa fue desarrollado y que no se cumplieron las perspectivas que lo deberían de hacer posible. Incluso nos puede quedar la sensación de que Zaragoza en Común, y la izquierda política en general, no hicimos todo lo que estaba en nuestra mano para contrarrestar la desmovilización social ocurrida a partir de 2015. La única garantía para desmoronar la estrategia de acoso y derribo descrita en este artículo hubiera sido un nivel de movilización y organización como la que fuimos capaces de sostener años antes.

Pero con todos nuestros errores, con todas las limitaciones y asumiendo la necesidad de aplicar el programa en su conjunto, el gobierno de Zaragoza en Común no será recordado ni por recortes, ni por pelotazos o medidas en favor de las élites. Será recordado por un gobierno de izquierdas, con políticas de izquierdas.

De hecho el nuevo gobierno de Jorge Azcón ha demostrado en pocos meses, que además de ser importantes las políticas desarrolladas del 2015 al 2019 que ahora pretenden desguazar, aún lo eran más los procesos y proyectos especulativos que el gobierno paralizó o ralentizó hasta donde pudo y que ahora la derecha está relanzando.

Gobierno y poder

Si he perdido tiempo en caracterizar el Régimen del 78, es precisamente porque si algo comprendíamos antes de nuestra llegada al Ayuntamiento es que no es lo mismo ostentar un gobierno que ostentar el poder real. Siempre comprendimos que el poder real yace precisamente en estructuras no sometidas al control democrático, y que este se emplearía a fondo contra nuestros gobiernos. No teníamos la menor duda, por más que no pudiéramos anticipar todos los golpes o el alcance de los mismos.

Es necesario recordar que en 2015 después de las elecciones municipales, la perspectiva era repetir los resultados en la siguientes elecciones generales siguiendo el esquema de unidad popular que se impuso en buena parte de las grandes ciudades. Tampoco podemos desdeñar que solo un año antes, en 2014, un millón y medio de personas llegaron a Madrid con las Marchas de la Dignidad en una movilización sin precedentes que sería el cenit del ciclo de movilizaciones 2011-2015.

Fueron momentos vibrantes donde no en pocas ocasiones

desobedecimos con éxito las leyes y los mandatos judiciales. Ya fuera para defender los derechos democráticos y la ocupación del espacio público, o para garantizar derechos fundamentales como cuando se extendió la paralización de los desahucios. La organización social permitía desafiar el poder real mediante movilizaciones masivas en unos casos, constantes e inteligentes en otros, que tenían como seña de identidad la desobediencia pacífica a un “Régimen” que se pretendía superar.

El programa de Zaragoza en Común -como el del resto de confluencias municipales- respondía a ese ambiente, y su programa había sido armado con una importante participación de activistas empapados en el ciclo que abriría el 15M.

Por un lado el cansancio tras años de lucha ininterrumpida en amplias capas de activistas y por otro una excesiva confianza en la vía institucional que se abría, darían al traste con ese incipiente poder popular que se había construido desde la autoorganización y la desconfianza en las instituciones del sistema. Decíamos entonces: las instituciones no son la solución, son parte del problema. ¿Que decimos ahora? ¿Seguimos pensando lo mismo? Yo sí.

Un poder alternativo a la institucionalidad actual

Quienes pretendan sustituir la sociedad actual por otras más igualitaria y democrática deberán dilucidar esta cuestión para que nuestros esfuerzos no sean tan inútiles como los de Sísifo empujando la piedra montaña arriba. En mi opinión, si nuestro programa representa las aspiraciones de los movimientos sociales de la última década, las necesidades urgentes de nuestros barrios y pueblos… Estas no caben dentro de la actual institucionalidad.

Está claro que las fuerzas de unidad popular o el espacio de “Unidas Podemos”, no pueden renunciar a gobernar una institución si resultan la fuerza más votada en la izquierda. Nadie hubiera entendido que renunciáramos a las alcaldías por más que conociéramos las limitaciones y las contradicciones que enfrentaríamos. Recalco lo de fuerza más votada de la izquierda, tratamiento distinto (y no es objeto de este artículo, aunque es una cuestión ahora mismo central) que merecerá el debate sobre nuestra entrada en gobierno de coalición con la actual dirección del PSOE.

Pero asumir nuestras responsabilidades (y aprovechar todas las oportunidades) es una cosa y otra desarrollar falsas expectativas en lograr grandes transformaciones sin ostentar el poder real, o cuando menos representar un contrapoder popular capaz de imponer con la movilización y la organización social la aplicación de un programa realmente al servicio de la gente trabajadora y los sectores populares en un marco institucional manifiestamente hostil. Las instituciones no son un atajo. Es más, pueden convertirse en un laberinto sin salida en el que una parte de nuestra mejor gente quede atrapada y finalmente asimilada.

Por tanto nuestra primera obligación era señalar esos limites y animar la movilización para sortearlos. ¿Lo logramos? No. ¿Lo intentamos? Sí. El ambiente social y la conciencia colectiva no es un grifo que podemos abrir y cerrar a nuestro antojo. Existiendo a su vez una relación dialéctica entre las posiciones de la dirigencia de la izquierda y las propias bases sociales que representan. A mayor desmovilización social mayor tendencia a la aceptación del sistema. ¿Hicimos lo que estaba en nuestras manos? Aquí diríamos que depende. En algunos casos sí y en otros seguramente fuimos tímidos.

De lo que no tengo duda alguna, es que una defensa decidida de nuestras ideas desde las instituciones implica una mayor cohesión de nuestra gente incluso en ciclos de desmovilización o estancamiento. Sin embargo la sensación de aceptación de “lo de siempre”, implica atomización y desorientación.

Tenemos muchas tareas por delante, pero la primera de todas debería de ser impulsar nuestras organizaciones desde los cimientos. Necesitamos una izquierda militante capaz de articular con otros y con quien quiera unirse una alternativa real al capitalismo.

Hoy con la perspectiva de un gobierno estatal de coalición PSOE-Unidas Podemos sobre la mesa, así como la entrada reciente en numerosos gobiernos autonómicos y municipales con la dirección del PSOE, aún es más acuciante abordar de forma rigurosa la cuestión de nuestra participación en las instituciones y en los gobiernos.

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